Hoy la radio me despertó con My Favorite Game, de Cardigans... Muy apropiado, teniendo en cuenta que anoche, otra vez, nos acostamos juntos.
Me hace sentir como cuando tenía dieciséis, diecisiete años. Tener sexo sin ningún tipo de remordimiento. Gritos ahogados contra la almohada.
Me he aficionado a él y ya no sé negarme si me propone algo.
Vuelve ese afán por querer hacerlo, por parte de ambos, por quizá querer superar a quienes nos satisficieron antes o en otras ocasiones...
Él quizá quiere estar en los ojos de esos otros cuando les mire. Quizá yo también quiera colarme en su mente cuando él esté en la cama con ella.
Este juego se está pasando del límite. Y lo estoy perdiendo.
Cuando intentamos pensar en el infinito,
e incluso en algo mayor que el infinito,
más eterno, más intenso.
Esa angustia de lo sublime, esa angustia tan sublime.
Alcanzado sólo en diez segundos,
en ese orgasmo que quieres congelar,
esa expresión de mi rostro que capturas con una cámara digital.
Abandonada sobre una mesa cuando tú te vas.
Sólo nos queda la conciencia,
esté tranquila... o no.
Nos hemos convertido – si es que no lo éramos ya – en unos egoístas terribles.
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